La tía Nica

        La tía Nica era viejuca, viejuca, tan viejuca que Neluco, el hombre más viejo de la aldea decía que cuando el era un nene pequeño, la tía Nica ya era así.
      Vivía sola en una casuca pequeña pero con todo lo que ella necesitaba para vivir. Cerca un puentuco sobre un regato servía para llegar a la aldea.
      He dicho que vivía sola pero no era así. La tía Nica tenía una leal amiga ¿Sabéis de quien se trataba? Su perra Hadas. Una hermosa perra que un señor importante le regaló cuando era una cachorruca casi recién nacida.
Hadas
¿Por qué se la regaló? Me preguntaréis. Bueno, en una ocasión se perdió en el bosque y cuando empezaba a anochecer y se empezaba a asustar, apareció la tía Nica que volvía con un haz de leña a la espalda. Le llevó a su casa, le dio de cenar, una cama donde dormir y por la mañana un buen desayuno. Él después de darle las gracias se fue pero regresó al poco tiempo con la perruca.
      Tenía también un hijo, Gonzaluco, un rapaz inquieto que siendo aún casi un niño decidió conocer mundo y un buen día bajó a Santander, se enroló en un barco y se fue lejos, muy lejos ¿A que no sabéis a dónde se fue? Gonzaluco se marchó a vuestro país, se fue a la Argentina.

      La tía Nica se quedó apenada pero era una mujer fuerte y sabía que a Gonzaluco le iba a ir bien.

      Habían pasado los años y, aunque Gonzaluco no había vuelto, todos los meses el cartero del pueblo le traía un carta del hijo en la que le contaba sus aventuras y le enviaba algún dinero. Con este dinero y lo que le daban lo vecinos por sus servicios la tía Nica vivía satisfecha.

      ¡Ah! ¿Todavía no os he dicho a qué se dedicaba? Era curandera. Conocía todas las hierbas y los males que mejoraban. Tenía manos de sanadora y sabía componer huesos salidos de su sitio y aliviar dolores. Era tan buena que algunos ¿Sabéis lo que decían de ella? Decían que era bruja. Lo cierto es que cuando tenían algún problema de salud acudían a ella. Y todos en la aldea la querían.


      Pero cuando la tía Nica notaba que la enfermedad o el problema de salud era importante, les mandaba acudir al médico que tenía su consulta en el pueblo más grande que estaba a unos kilómetros de su aldea.

    Aunque era el día de Nochebuena, para la tía Nica iba a ser un día como todos. Por la noche había helado fuerte pero bien abrigada, con sus albarcas que mantenían secos y calientes sus pies y apoyada en su cachaba se fue al bosque. Tenía que recoger leña para la chimenea, estaba haciendo mucho frío y gastaba mucha para mantener la casa caliente. Ese invierno aún no había nevado pero no iba a tardar en hacerlo.

      Su fiel Hadas la seguía sin perderla de vista un momento. El sol que había salido tras la helada, aunque débil, las animaba. 

      La zona del bosque donde solía recoger la leña apenas tenía así que tuvo que adentrarse hasta un paraje que solo visitaba en verano para recoger lo suficiente. 

      Cuando le pareció que ya no podría cargar más, se enderezó, levantó la vista a lo alto y se dio cuenta de que era más tarde de lo que pensaba. Aún tenía que hacer muchos preparativos para celebrar el día. Había dejado en el horno unas galletucas para los niños que vendrían al final de la tarde a cantar villancicos. También tenía que montar el Misterio como hacía todos los años  y acercarse a la aldea para las últimas compras.  


      Iba tan embobada pensando en sus cosas que, sin darse cuenta, pisó sobre una piedra cubierta de musgo lo que la hizo caer. Intentó levantarse pero no pudo, su pie izquierdo le dolía mucho y no podía apoyarse en él.

      Empezó a preocuparse. En el pueblo toda la gente estaría demasiado ocupada para echarla en falta. No lo harían antes de que llegaran los niños y vieran su casa vacía.
      Hadas que notaba algo raro empezó a darla hocicazos. Quería que se levantara. Rodeándole el cuello con los brazos la tía Nica le habló despacio, tranquila. Y Hadas la entendió. Supo que tenía que dejar a su ama sola. Supo que sólo ella podía salvarla. Supo que tenía que ir al pueblo a buscar ayuda. Y allá se fue.
      No tardaron mucho los mozos del pueblo en encontrarla siguiendo a Hadas. Con cuidado la trasportaron a su casa donde la acomodaron en la cama.
      Enseguida llegó el médico. Alguien en el pueblo le había avisado en cuanto vio llegar a la perra sin su ama. Éste dijo que el pie no estaba roto, era solo una fuerte torcedura. Tras vendarle  dijo que debía guardar reposo durante unos días para que se curase.

      A lo largo del día fueron pasando a verla todos los vecinos. Los hombres llenaron su leñera hasta arriba. Iba a durarle casi el resto del invierno. Las mujeres limpiaron, cocinaron y le dieron palique y, al final, ocurrió lo mejor de este largo día, aparecieron  los niños. Preguntaron por sus galletas, este año un poco chamuscadas por el percance pero igual se las comieron, no dejaron ni una.

      ¿Y el Belén? La tía Nica les dijo donde estaba guardado y ellos a empujones y con alguna riñuca que otra acabaron de montarle. Puede que no tan curioso como cuando ella lo hacía pero todos quedaron orgullosos y contentos. 
      Y ¡claro está! como no podían faltar terminaron el día, una vez pasado el susto, felices y calentitos en torno a la chimenea,  entonando villancicos:
(Claro que el Niño Dios no es carmoniego puesto que no nació en Carmona, no por falta de merecimiento¿No crees?)
Carmona -Cantabria- Conjunto Histórico-Artístico
 Y ¿qué fue de nuestra tía Nica? pasaban los años y en cada Nochebuena seguía recordando que, incluso teniendo que estar en cama, aquella había sido la mejor de todas las que  había celebrado; muchas en su ya larga vida y pensaba seguir celebrando si Dios así lo quería.
Y colorín, colorao...


      


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